La ética del fiador judicial
The bondsman´s ethic

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Por Guillermo Rojas y Victoria Lis Marino | Tulsa, OK Dennis Wharton opera un negocio que muy buena fama no tiene, es básicamente fiador judicial, aquél que uno llama cuando está en la cárcel y no tiene suficiente dinero para pagar la fianza. Aún si la primera impresión del trabajo no es la más feliz – porque uno tiene la imagen de una persona que lucra gracias a la desdicha ajena – Wharton se consi­de­ra a si mismo una de las personas más honestas en un ambiente que a veces está rodeado de charlatanes y usureros. “Muchas veces cuando se va a pagar la fianza las familias me llaman diciéndome ‘No podemos juntar todo, ¿ puedes hacer algo?’ Quizás la fianza es de $1000 y yo siempre les digo si llegan a $500 el resto después me lo van pagando”, aseguró Wharton, explicando que sólo cobra el 10% de la fianza por sus servicios sin ningún tipo de interés.

Ahora uno se pregunta cómo se decide ¿A quien pagarle la fianza y a quien dejar tras las rejas? Aparentemente el fia­dor judicial tiene la obligación de aplicar algún que otro principio ético y cuestiones elementales del mundo de los negocios a la hora de decidir; las preguntas a responder son dos cuán fiable es la persona para pagar y qué riesgos presenta para la sociedad. “Este es un negocio de asesoría de riesgos, hay que determinar si la persona nos presenta un riesgo que no estamos dispuestos a tomar”, dijo Wharton. “Por ejemplo si uno recibe una llamada para fiar a unas personas que están acusadas por drogas, estaban de paso, iban viajando desde Texas a Minnesota, la verdad es que ese no es un caso para tomar.

Sin embargo si las personas a fiar tienen raíces en la comunidad, han vivido en la ciudad durante mucho tiempo, tienen hijos y nietos, eso no presenta ningún riesgo, es la fianza que hay que pagar”. A pesar de lo que parezca este es un negocio que tiene mucho que ver con los instintos y alguna dosis de azar, porque con o sin raíces la realidad es que nunca se sabe con exactitud a quién se está liberando, y a más de uno pagar no le interesa.

El problema surge cuando los fiados deciden hacerse a la fuga y no comparecen ante la justicia, dejando a Dennis con los bolsillos vacíos y una imperiosa necesidad de jugar al detective privado para cobrar sus deudas –trabajillo que suele ponerlo en el mismo equipo que la policía local. “Ocasionalmente se pierde dinero”, confesó Wharton, pero hasta ahora su peor pérdida fue de $1000. Algunos fiadores judiciales no trabajan con la comunidad hispana por miedo a que tras el pago respectivo de la fianza, crucen la frontera y se vuelvan a México, pero Dennis no comparte esta presunción. “A mi no me interesa de dónde son los clientes si tienen algún tipo de lazo con esta comunidad”, aseguró. Sin embargo, Wharton tiene un largo camino por andar si quiere empezar a conectar con los Latinos de Tulsa, y el primer paso es aprender castellano porque como el mismo dice: “Mi español es poquito”. (La Semana)

ENGLISH

Dennis Wharton is in a business that doesn’t always get the best publicity: he is a Tulsa bail bondsman, the one you call when you or someone you know is in a situation of distress – obviously jail – and you don’t have enough money to make bail. Even if the first impression we have is not a happy one –a moneylender profiting from people in need- Wharton declares he works with pure honesty in an environment filled with controversy and even some greedy colleagues. “Many times when you bond somebody up the family would say ‘we don’t have all the money can you work it out?’ The bond might be $1000 but if they give me $500 I would let them make payments on the balance. I do not push people if I know that that is going to take food from the table,” Wharton said, explaining he only charges 10% of the bail amount and no interest. But one might ask, how do you decide whom to bail out and whom to leave behind bars? Apparently bondsmen apply some ethics to the issue and combine it with pure business techniques.

The person must not pose a risk to society and eventually must be able to pay back what is owed. “It’s a risk management business, you have to make your own judgment as to whether this person presents a risk to you, [that] you are not willing to take,” Wharton explained. “You get a call to bond somebody out and you learn that they are here on a drug charge and they are living in a motel and passing through town from Texas on their way to Minnesota. You don’t want to bond that person out, that’s too risky. On the other hand, if it is a good size bond and the people have roots in the community, have lived here for a long time, have kids and grandkids, they are not a huge risk.

That is the kind of bond to do.” Nevertheless this business has a lot to do with instincts and a small dosage of gambling, because roots or no roots one never knows who is being bailed and some might be more hesitant to pay you back than others. The problem arises when those whose bond was paid decide not to appear at court and run away, leaving Dennis with his pockets empty and the need to chase his clients like a private investigator, situations that sometimes get him to work with the police. “Occasionally you lose money,” Wharton admitted, but until now his biggest loss has been $1000.

There are some bondsmen that don’t work with Hispanics because they are afraid after the bail is cancelled they might fly down to Mexico. But Dennis does not share this feeling. “I don’t care where they are from as long as they have roots here,” he said. Wharton is hoping to increase his business with Tulsa’s Latino community, and hopes to improve his abilities in their language, because, as he says, “My Spanish is poquito.” (La Semana)