El mito del inmigrante criminal
The myth of the criminal immigrant

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ROMA, TX - AUGUST 17: U.S. Border Patrol agents process immigrants from Central America while taking them into custody on August 17, 2016 near Roma, Texas. Thousands of Central American families continue to cross the Rio Grande at the Texas-Mexico border, seeking asylum in the United States. Border security has become a major issue in the U.S. Presidential campaign. (Photo by John Moore/Getty Images)
Photo by John Moore/Getty Images

Análisis por William R. Wynn | La Semana
bill@lasemanadelsur.com

Español

TULSA, OK – En su primer discurso al congreso,el martes por la noche, el Presidente Donald Trump reiteró su retórica de campaña y aseguró que los inmigrantes indocumentados son predadores peligrosos que deben ser erradicados de la sociedad americana. Para defender su visión, el presidente invitó a la reunión a familiares de las víctimas asesinadas por aquellos que son representantes del problema que él piensa resolver con deportaciones masivas y la construcción de un gran muro que cubra toda la frontera Sur de Estados Unidos. Y si bien los casos que eligió tan selectivamente son efectivamente tragedias, la afirmación de que todos los indocumentados son criminales es completamente falsa, un argumento destinado a generar polémica, y elevar el tono racista y xenófobo del país que sirve como una distracción a la incompetencia e inexperiencia que Trump ha mostrado para gobernar en su primer mes de administración.

La verdad es que considerando distintos métodos de medición, los inmigrantes han demostrado tener menos probabilidades de cometer un crimen que los ciudadanos americanos. Un estudio publicado en el 2007 por el Bureau Nacional de Investigaciones Económicas muestra que no sólo los inmigrantes tienen una tasa de encarcelamiento menor al resto de la población, sino que en las grandes áreas metropolitanas donde la inmigración creció en un período de 10 años sin precedentes, las tasas de crimen y violencia bajaron, especialmente en homicidios y robos.

“Con raras excepciones los inmigrantes demuestran estar menos inclinados al crimen que los nativos y no tienen ninguna injerencia en las tasas de criminalidad”, escribió en el 2016 Alex Nowrasteh, analista en políticas migratorias del centro para la libertad global del instituto CATO.

Son muchos los expertos que concuerdan con el analista.

“Los nacidos en el extranjero tienen niveles muy bajos de vinculación criminal a lo largo de su vida”, aseguró Bianca Bersani de la universidad de Massachusetts en un estudio del 2014 publicado en el Justice Quarterly.

Sin embargo, en ciudades a lo largo de Estados Unidos, incluyendo a Tulsa, los inmigrantes – especialmente los que están aquí sin autorización – tienen más posibilidades de ser víctimas de un crimen que los locales. Muchos en las agencias de la ley de la ciudad atribuyen este suceso al miedo que tienen las poblaciones inmigrantes de reportar los crímenes de los que son víctimas y testigos.

Este problema no es nuevo y tiene múltiples factores que lo agravan. “Los funcionarios creen que los inmigrantes enfrentaban más problemas si reportaban los crímenes a la policía o comparecían en la corte, el primero es la barrera del lenguaje, el segundo la diferencia cultural, el tercero la ignorancia del sistema legal americano”, publica el Departamento de Justicia de Estados Unidos en un informe de 1998.

La principal preocupación de la actualidad, considerando que bajo la orden ejecutiva del señor Trump los 11 millones de personas viviendo sin papeles en Estados Unidos podrían ser deportadas, es si llamar o no a la policía cuando uno es víctima de un crimen puede generar la propia deportación. Si bien en la policía de Tulsa y en la oficina del sheriff aseguran que esto no es posible, en otras ciudades como Oklahoma City, las agencias de seguridad están trabajando codo a codo con las autoridades federales para detener a la mayor cantidad posible de inmigrantes.

A pesar de que Trump haya hecho teatro y montado un circo de alegatos infundados, la mayoría de los inmigrantes demostraron que no son criminales, sino personas trabajadoras, con valores, sólidos contribuyentes en la sociedad que hacen de Estados Unidos un país mejor, más rico para todos. Como enuncia el instituto Cato en su sitio web: “El impacto general de la inmigración es hacer de la cultura americana algo más fuerte y más rico, aumentando el éxito económico de la nación y elevando el estándar de vida de todos los americanos”. (La Semana)

English

TULSA, OK – At Donald Trump’s first speech to a joint session of congress Tuesday night, he reiterated his campaign rhetoric that undocumented immigrants are dangerous predators who need to be cast out of American society, making his point by including among his guests in the chamber family members of individuals killed by those Trump asserts are representative of the problem he is going to solve by the wholesale deportation of millions and the construction of a massive wall along the southern border of the United States. And while the cases he chose to selectively highlight are certainly tragic, his broader claim is demonstrably false, yet another in a string of lies designed to fan the fires of racism and xenophobia while serving as a distraction from the unprecedented incompetence demonstrated by the inexperienced administration during its first month in power.

The truth is that – measured by several different methods – immigrants are less likely to commit crimes than native born citizens. A 2007 study by the National Bureau of Economic Research showed that not only are immigrants incarcerated at a lower rate proportionate to their share of the population than would be expected, but also that in large metropolitan areas where immigration increased over a ten year period, crime in those areas actually decreased, especially violent crimes such as homicide and robbery.

“With few exceptions, immigrants are less crime prone than natives or have no effect on crime rates,” Alex Nowrasteh, immigration policy analyst at the Cato Institute’s Center for Global Liberty and Prosperity, wrote last year.

Other experts agree.

“Foreign-born individuals exhibit remarkably low levels of involvement in crime across their life course,” concluded Bianca Bersani of the University of Massachusetts in a 2014 study published in Justice Quarterly.

However, in cities across the United States, including Tulsa, immigrants – especially those here without authorization – are more likely to be victims of crime than are native born citizens. Many in law enforcement attribute this to the fact that immigrant populations are less likely to report crimes against themselves or that they have witnessed.

This is not a new problem, and has multiple contributing factors. “Officials believed that immigrants faced greater hardships when reporting crimes to police or appearing in court, including language barriers, cultural differences, and ignorance of the U.S. justice system,” the U.S. Department of Justice stated in a 1998 report.

Of course today’s overriding concern, given that under Trump’s new executive orders virtually all 11 million people living in the U.S. without papers are subject to immediate expulsion, is whether or not calling the police when you’ve just been robbed or burglarized could result in your own deportation. Many police and sheriff’s departments – including Tulsa’s – insist that this won’t happen, but in other places such as Oklahoma City, local law enforcement is enthusiastically working hand-in-hand with federal immigration authorities to detain and deport as many immigrants as possible.

The bottom line is, despite Donald Trump’s carefully staged theater and wild, unsupported allegations, the vast majority of immigrants are not criminals but are hard-working, value-driven, taxpaying members of our society who make America a safer, better, richer place for all of us.

As the Cato Institute states on the immigration section of its website, “The overriding impact of immigrants is to strengthen and enrich American culture, increase the total output of the economy, and raise the standard of living of American citizens.” (La Semana)