Argentina: sobrevivir seis meses en cuarentena / Argentina: surviving six months in quarantine

Por Victoria Lis Marino | NEUQUÉN, ARGENTINA

Argentina es un país famoso por sus excentricidades, los mejores jugadores de fútbol, el papa más político de la historia y ahora la cuarentena más larga del mundo. Para quienes nos miran de afuera somos un país muy particular, pobres, pero no lo suficiente para perder la dignidad; ricos, pero no lo suficiente para salir del tercer mundo; distintos al resto, complicados.

La Pandemia del coronavirus potenció aún más todas estas cuestiones y a la mitad más uno le hizo replantearse migrar, pero lo que todo el mundo no sabe es por qué los argentinos nos sentimos así. Por eso, hoy, quiero contarles la historia de un país en cuarentena eterna. Mi historia, la de una periodista que vive en la Patagonia y está en cuarentena hace más de 172 días, viendo las estaciones pasar desde la ventana de su casa.

Antes del inicio de la cuarentena en Argentina teníamos como espada de Damocles la renegociación de la deuda con nuestros acreedores externos y una casi hiperinflación incontrolable. ¡Y de repente llegó el Covid!. Aterrizó en un país que tiene un buen sistema de salud público y gratuito, pero que como en todos lados no iba a ser suficiente para luchar contra la pandemia. El presidente no tuvo mejor idea que meternos a todos adentro el 17 de marzo del 2020, alegando que salir de casa nos convertía en asesinos seriales y silenciosos. El slogan era pegadizo, “Yo te cuido”, aludía el ejecutivo en cada conferencia de prensa. Y así nos metieron en la cárcel, en los primeros días no nos dejaban salir de nuestros hogares, si estabas en la puerta de tu casa la policía podía ir a detenerte, no podíamos salir a caminar, a pasear al perro, a respirar.

Los niños fueron declarados personas no gratas y los encerraron en los hogares cultivándoles el miedo al otro, el miedo al aire, el miedo al virus. Y así pasaron los meses, llegamos a Junio y decidieron que era hora de que la gente pudiera salir, pusieron esquemas de prisión, otra vez, salidas con horarios específicos y restringidos dos o tres veces por semana y según número de DNI. Violar esta prerrogativa significaba demanda penal, y multas de hasta $3000 dólares.  A los niños todavía no los dejaban mirar el sol, y menos que menos entrar a una tienda, eran como la lepra. 

Aparecieron las denuncias por discriminación, ¿Qué hace una madre que está sola y no puede ir al mercado porque tiene a cargo a sus hijos? O ¿un padre? Finalmente, en medio del invierno, y como si fuera un chiste, decidieron dejarlos salir, nuevamente con horarios restringidos y días restringidos. Mientras tanto y hasta la fecha las reuniones en todo el país están prohibidas. Sólo podés juntarte con gente al aire libre respetando la distancia social en algunas zonas dónde hay menos casos de Covid.

Yo vivo en Neuquén, una provincia en la Patagonia y desde marzo que no puedo ver a mi familia, en Buenos Aires. La circulación interprovincial está prohibida y el presidente dijo que nos acostumbremos a la idea de “pasar solos la navidad”, algo que funcionaría como un Thanksgiving sin pavo. Tampoco puedo circular por mi propia provincia, porque también está prohibido, la respuesta es que tenemos que “cuidar al resto del fantasma del coronavirus”. Y entonces el miedo reina, miedo al arresto, a la policía, a circular, a enfermarse, a no ver a la familia, a deprimirse, a perder el trabajo, la lista es interminable y la solución una que en realidad no existe: “El estado te cuida”.

Cansada estoy de escuchar a mis amigos decir que no pueden seguir pagando el alquiler o la escuela de sus hijos, que sienten que todo por lo que trabajaron desapareció con un vendaval, que el país les robó su futuro y su presente.

Yo sufro, por ellos y por mi, me preocupo por que sé que si mis papás enfermaran no podría ni despedirme, no podría ni siquiera abrazarlos por última vez, porque la limitación de la circulación es tal, que no llegaría a verlos a tiempo.

Es entendible que queramos preservarnos, pero si nadie trabaja, ¿De qué nos moriremos entonces, de Covid, de locura o de hambre?

Hoy es el día que me corresponde ir a comprar, y tengo derecho de circular con mi barbijo puesto. Voy a llamar a mi mamá, porque otra cosa no puedo hacer y volveré a mi casa a hacer teletrabajo y educar a mi pequeña niña de tres de la que el sistema no se hace cargo. Espero, quizás que el verano nos permita salir de la burbuja y empezar a recordar lo que significa la libertad. Mientras tanto, paro mis antenas y acumulo bronca, porque en el país del revés, la pandemia mató al ciudadano y el colectivo diluyó al individuo. (La Semana)

Argentina: surviving six months in quarantine

By Victoria Lis Marino | NEUQUÉN, ARGENTINA

Argentina is a country famous for its eccentricities, the best soccer players, the most political pope in history and now the longest quarantine in the world. For those who look at us from the outside, we are a very particular country: poor, but not enough to lose our dignity; rich but not enough to leave the third world; different from the rest, complicated.

The coronavirus pandemic further enhanced all these issues and has made a majority reconsider migrating, but what everyone does not know is why we Argentines feel this way. So today, I want to tell you the story of a country in eternal quarantine. My story, that of a journalist who lives in Patagonia and has been in quarantine for more than 172 days, watching the seasons go by from the window of her house.

Before the start of the quarantine, Argentina had as a sword of Damocles the renegotiation of the debt with our external creditors and an almost uncontrollable hyperinflation. And suddenly Covid arrived. It landed in a country that has a good public and free health system, but as everywhere it was not going to be enough to fight the pandemic. The president had no better idea than to get us all inside on March 17, 2020, claiming that leaving the house turned us into silent serial killers. The slogan was catchy, “I take care of you,” which he alluded to at each press conference. And so they put us in jail, under house arrest. During the first days they wouldn’t let us leave our homes — if you were outside of your house, even to walk the dog, the police could arrest you.

The children were declared unwelcome people and they were locked up in their homes, cultivating fear of the other, fear of the air, fear of the virus. And so the months went by, then we reached June and they decided that it was time for people to leave. Schemes were hatched, allowing outings with specific purpose and restricted hours two or three times a week and according to one’s ID number. Violating this prerogative meant a criminal charge, and fines of up to $3,000. The children were still not allowed to look at the sun, much less enter a store, they were like lepers.

Complaints of discrimination appeared. What does a mother do who is alone and cannot go to the market because she is in charge of her children? Or a father? Finally, in the middle of our winter in late May, and as if it were a joke, they decided to let the children out, again with restricted hours and restricted days. In the meantime, and to date, meetings across the country are prohibited. You can only hang out with people outdoors while respecting social distancing, and then only in some areas where there are fewer cases of Covid.

I live in Neuquén, a province in Patagonia, and since March I have been unable to see my family in Buenos Aires. Travel between provinces is prohibited and the president said that we must get used to the idea of ​​“spending Christmas alone,” something equivalent to Thanksgiving without turkey. Nor can I travel within my own province, because that is also prohibited, the reason given is that we have to “deal with the ghost of the coronavirus.”

Fear reigns: fear of arrest, of the police, of circulating, of getting sick, of not seeing one’s family, of becoming depressed, of losing one’s job, the list is endless and the solution is one that does not really exist: “The state takes care of you.”

I am tired of hearing my friends say that they cannot continue paying their children’s tuition, that they feel that everything they worked for has disappeared, that the country stole their future and their present.

I suffer, for them and for me. I worry because I know that if my parents got sick I would not even be able to say goodbye, I could not even hug them for the last time, because the limitation of travel is such that I would not get to see them in time.

It is understandable that we want to save ourselves, but if no one works, what will we die of then, from Covid, from madness, or from hunger?

Today is the day I am allowed to go shopping. I have the right to move around with my mask on. I’m going to call my mom, because I can’t do anything else and I’ll go home to telework and educate my little three-year-old girl that the system doesn’t take care of. I hope maybe that summer allows us to get out of the bubble and start to remember what freedom means. Meanwhile, I lower my antennas and bottle up my troubles, because in this reverse country the pandemic kills the citizen and the collective dilutes the individual. (La Semana)