Oklahoma en las garras del virus / Oklahoma in the grip of the virus

Por William R. Wynn | TULSA, OK

A medida que el estado de Oklahoma y la ciudad de Tulsa permanecen firmemente atrapadas en las garras del nuevo coronavirus mortal, existe una gran división entre cómo el gobernador Kevin Stitt y el alcalde G.T. Bynum han elegido afrontar el desafío. Incluso con más de 1500 habitantes de Oklahoma muertos por el COVID-19, Stitt, cada vez más solo, incluso entre otros gobernadores republicanos anteriormente intransigentes en todo el país, se niega rotundamente a implementar la medida más simple a su disposición, un mandato del uso de máscara en todo el estado.

En una conferencia de prensa el 16 de noviembre, Stitt anunció a regañadientes una serie de nuevas restricciones en bares y restaurantes destinadas a frenar la propagación del virus, medidas que entrarán en vigencia el 19 de noviembre.

“Se requerirá que todos los restaurantes coloquen las mesas a una distancia minima de seis pies, a menos que dichas mesas, cabinas y áreas de bar estén separadas por un divisor desinfectado”, establece la última orden ejecutiva del gobernador. “Todos los bares y restaurantes deberán cerrar a las 11 p.m. No se permitirá el servicio en persona de comida o alcohol después de las 11 p.m. a excepción de las ventanas para autoservicio de los restaurantes o los despachos para llevar”.

Si bien no estaba dispuesto a considerar el concepto de un mandato de uso de máscara en todo el estado, Stitt dijo que todos los 33,000 empleados estatales bajo la rama ejecutiva deben usar una máscara en áreas comunes o cuando estén cerca de otras personas, y ordenó a todos los visitantes de los edificios de la agencia estatal que usen una máscara.

La ciencia detrás de los mandatos del uso de máscarsa es sólida. Los centros para el control de enfermedades recientemente citaron numerosos estudios nacionales e internacionales que muestran que el uso de máscaras reduce la propagación del virus en un 70-80%.

El alcalde Bynum ha afirmado correctamente que un mandato de uso de máscara es el método menos restrictivo y mejor para evitar pasos mucho más draconianos como un segundo período de bloqueo o confinamiento. El problema, como Bynum ha señalado a menudo, es que Tulsa no es una isla, y sin el apoyo de un mandato de uso de máscara a nivel estatal o incluso la cooperación de otros municipios del condado de Tulsa, los esfuerzos de Tulsa sólo irán hasta cierto punto. A principios de esta semana, solo Tulsa y Jenks requieren que se usen máscaras en público.

Con los hospitales al borde de la crisis, Stitt continúa impulsando la noción de “responsabilidad personal” aunque es evidente que casi nueve meses después de iniciada la pandemia, un número alarmantemente grande de personas no están dispuestas a soportar los inconvenientes más pequeños, incluso para proteger la salud de su comunidad y de sus seres queridos. Hablando recientemente en MSNBC, Bynum observó que la sociedad no necesitaría ninguna ley en absoluto “si la gente fuera personalmente responsable, pero en este momento, hemos llegado a un punto donde necesitamos acción”.

En todo el estado, solo el 5% de las camas de UCI están disponibles actualmente, y ese número es aún menor en Tulsa, donde el 68% de las camas están siendo utilizadas por pacientes de fuera de la jurisdicción de la ciudad.

A medida que las muertes en el estado continúan aumentando, las familias en duelo deben preguntarse si la pérdida de sus seres queridos podría haberse evitado con algo tan simple como un pequeño trozo de tela. (La Semana)

Oklahoma in the grip of the virus

By William R. Wynn | TULSA, OK

As the State of Oklahoma and the City of Tulsa remain firmly in the grip of the deadly novel coronavirus, a great divide exists between how Governor Kevin Stitt and Mayor G.T. Bynum have chosen to handle the challenge. Even with more than 1500 Oklahomans dead from COVID-19, Stitt, increasingly alone even among other formerly intransigent Republican governors around the country, steadfastly refuses to implement the simplest measure at his disposal, a statewide mask mandate.

At a November 16 press conference, Stitt reluctantly announced a series of new restrictions on bars and restaurants aimed at curbing the spread of the virus, measures to take effect Nov. 19.

“All restaurants will be required to space tables at least six feet apart, unless tables, booths and bar areas are separated by sanitized divider,” the governor’s latest executive order states. “All bars and restaurants will be required to close by 11 p.m. No in-person service of food or alcohol will be allowed after 11 p.m. except for restaurant drive-thru windows or curbside pickup.”

While unwilling to entertain the concept of a statewide mask mandate, Stitt did say that all 33,000 state employees under the executive branch are required to wear a mask in common areas or when they’re around other people, and he ordered all visitors to state agency buildings to wear a mask.

The science behind mask mandates is solid. The Centers for Disease Control recently listed numerous national and international studies showing that wearing masks reduces the spread of the virus by 70-80%.

Mayor Bynum has correctly stated that a mask mandate is the least restrictive and best method of avoiding far more draconian steps such as a second lockdown period. The problem, as Bynum has often noted, is that Tulsa is not an island, and without the support of a statewide mask mandate or even the cooperation of Tulsa County’s other municipalities, Tulsa’s efforts will only go so far. As of early this week, only Tulsa and Jenks require masks to be worn in public.

With hospitals on the brink of crisis, Stitt continues to push the notion of “personal responsibility,” even though it is clear nearly nine months into the pandemic that a disturbingly large number of people are unwilling to endure the most minor of inconveniences even to protect the health of their community and their loved ones. Speaking recently on MSNBC, Bynum observed that society would not need any laws at all “if people were personally responsible, but at this point, we’ve reached a point where we need action.”

Statewide only 5% of ICU beds are currently available, and that number is even smaller in Tulsa, where 68% of beds are being utilized by patients from outside of the city’s jurisdiction.

As deaths in the state continue to climb, grieving families are left to ask if the loss of their loved ones could have been prevented by something as simple as a small piece of cloth. (La Semana)