La frágil democracia estadounidense / America’s fragile democracy

Por Maribel Hastings y David Torres

Entramos en la tercera semana del triste y peligroso espectáculo del presidente Donald Trump, quien insiste en no reco­nocer su derrota, enfrascándose en una especie de golpe de estado en cámara lenta y a plena luz del día, con el fin de rever­tir la decisión de los votantes de elegir al demócrata Joe Biden como su próxi­mo mandatario.

No es precisamente una rabieta más de un ser mezquino y narcisista que nunca debió ser presidente, sino de un ente vengativo que no escatima ni escatimará esfuerzo alguno para infligir un daño mayor a la que parecía la democracia más estable de la historia, tan solo porque ha perdido. Es, literalmente, la crónica de un pendenciero que se creyó la fantasía de sus propios “supremacistas superpoderes” encaminados ahora a destruir a toda una nación porque le da la gana.

Hay, por cierto, tres elementos claros en este capítulo histórico. En primer lugar, que el pueblo estadounidense, no acostumbrado a este tipo de situa­ciones (al menos no interna­- mente, aunque la mano negra de Estados Unidos en golpes de estado en otras naciones es hartamente conocida), parece no entender la gravedad del asunto, ni de cómo este zafarrancho de Trump debilita el proceso democrático sembrando la desconfianza de un amplio sector en el proceso electoral.

Trump, de hecho, empezó la descomposición del sistema desde que Barack Obama ganó la elección en 2008, encabezando la campaña de sembrar dudas sobre la ciudadanía estadounidense del expresidente. Aseguró que sus “investigadores” darían con el certificado “real” de Obama, pero parece que quienes fueron a buscar el certificado son los mismos investigadores que presentarían las declaraciones de impuestos de Trump. Nunca aparecieron.

Es decir, terminó en nada, pero sembró la semilla de la teoría conspiratoria que ocho años más tarde lo catapultaría a la presidencia del país, igualmente regando falsedades sobre su rival demócrata Hillary Clinton. Y a pesar de dichas flagrantes mentiras, la candidata aceptó su derrota de inmediato respetando no solo los cánones que marca la tradición política estadounidense, sino acatando las reglas del honor que merecen las instituciones que han afianzado a esta democracia durante más de dos siglos.

Ya en la presidencia se le hizo más fácil sustentar su mandato en mentiras y falsedades, que tristemente cuentan con una audiencia significativa. Son 73 millones de estadounidenses los que, a pesar de todo, votaron por Trump.

Esto es suficiente razón para una introspección sobre qué nos ha pasado como país para que un significativo sector de la población apoye este culto a Trump, convirtiéndose en una secta ciega y, por ende, fiel.

El segundo elemento plasmado es la vergonzosa conducta de un Partido Republicano, cuyos líderes han claudicado en su responsabilidad de proteger la democracia, la integridad del proceso electoral y a sus ciudadanos.

Al anteponer sus intereses políticos a los intereses de la nación, estos individuos fomentaron las locuras de Trump y ahora vemos cómo ni siquiera el proceso de transición ha arrancado, en medio de una pandemia que ha matado a más de un cuarto de millón de personas en Estados Unidos. Los líderes republicanos, en ese sentido, son cómplices de Trump, situación que por sí misma pone en entredicho si el Partido Republicano seguirá siendo una verdadera opción político-electoral en los años por venir, pues mientras no se desprenda de la áspera piel que le ha cosido el trumpismo de pies a cabeza, será identificado como parte de quienes claudican y traicionan sus propios principios, valores y postulados.

Y el tercer elemento evidenciado es un sistema de Colegio Electoral anacrónico que tampoco previó la posibilidad del ascenso de una figura como Trump, pues no existen mecanismos legales para darle un hasta aquí.

En consecuencia, estos tres elementos anotados arriba hacen indicar que el golpe de estado que intenta pepetrar el gobierno de Donald Trump para permanecer en el poder, de he­cho ha estado ocurriendo desde el principio de esa anomalía política llamada “trumpismo”. Ha sido un paulatino golpe de estado desde hace más de cuatro años, pues cuando el sistema democrático estadounidense permitió que un xenófobo, racista y supremacista participara en una elección presidencial, la primera fase de dicho golpe de estado empezó a tomar forma.

En esta Semana de Acción de Gracias en medio de la pandemia, habría que dar gracias porque la democracia estadounidense parece que sobrevivirá a esta intentona de Trump de subvertir los resultados electorales. Pero habrá que hacerlo sin olvidar cómo las acciones de Trump han revelado la fragilidad de esta democracia. (America’s Voice)

America’s fragile democracy

By Maribel Hastings and David Torres

WASHINGTON, DC — We enter the third week of the sad and dangerous spectacle of President Donald Trump, who insists on not acknowledging his defeat, engaging in a kind of coup in slow motion and in broad daylight, in order to reverse the decision of the voters to elect Democrat Joe Biden as the next president.

It is not exactly another tantrum from a petty and narcissistic being who should never have been president, but from a vengeful entity that spares no effort to inflict greater damage on what seemed to be the most stable democracy in history, just because has lost. It is, literally, the chronicle of a thug who believed the fantasy of his own “superpower supremacists” now aiming to destroy an entire nation because he wants to.

There are, by the way, three clear elements in this historical chapter. In the first place, that the American people, unaccustomed to this type of situation (at least not internally, although the black hand of the United States in coups in other nations is widely known), seem not to understand the seriousness of the matter, nor of how this mess of Trump weakens the democratic process, sowing distrust of a wide sector in the electoral process.

Trump, in fact, began the breakdown of the system since Barack Obama won the election in 2008, spearheading the campaign to cast doubt on the former president’s US citizenship. He assured that his “investigators” would find the “real” Obama birth certificate, but it seems that those who went to look for the certificate are the same investigators who would file Trump’s tax returns. They never appeared.

In other words, it ended in nothing, but it sowed the seed of the conspiracy theory that eight years later would catapult him to the presidency of the country, also spreading falsehoods about his Democratic rival Hillary Clinton. And despite these blatant lies, the candidate accepted her defeat immediately, respecting not only the canons established by the American political tradition, but also abiding by the rules of honor that the institutions that have established this democracy for more than two centuries deserve.

Already in the presidency, it became easier for him to support his mandate on lies and falsehoods, which sadly have a significant audience. There are 73 million Americans who, despite everything, voted for Trump.

This is enough reason for an introspection on what has happened to us as a country so that a significant sector of the population supports this cult of Trump, becoming a blind and, therefore, faithful sect.

The second element embodied is the shameful conduct of a Republican Party, whose leaders have given up on their responsibility to protect democracy, the integrity of the electoral process and its citizens.

By putting their political interests before the interests of the nation, these individuals encouraged Trump’s follies and now we see how not even the transition process has started, amid a pandemic that has killed more than a quarter of a million people in United States. Republican leaders, in that sense, are accomplices of Trump, a situation that in itself calls into question whether the Republican Party will continue to be a true political-electoral option in the years to come, because as long as it does not shed the rough skin that has sewn Trumpism from head to toe, it will be identified as part of those who give up and betray their own principles, values and postulates.

And the third element evidenced is an anachronistic Electoral College system that also did not foresee the possibility of the rise of a figure like Trump, since there are no legal mechanisms to give it a hit here.

Consequently, these three elements noted above indicate that the coup that the government of Donald Trump tries to penetrate to remain in power, has in fact been occurring since the beginning of that political anomaly called “Trumpism”. It has been a gradual coup d’état for more than four years, because when the American democratic system allowed a xenophobic, racist and supremacist to participate in a presidential election, the first phase of said coup began to take shape.

This Thanksgiving Week in the midst of the pandemic, thanks should be given that American democracy appears to have survived this attempt by Trump to subvert the electoral results. But it must be done without forgetting how Trump’s actions have revealed the fragility of this democracy. (America’s Voice)