La guerra de las vacunas y la lucha por la igualdad / Vaccine Wars and the fight for equality

Por Victoria Lis Marino | Neuquén, Argentina

El COVID-19 llegó como un meteorito exactamente un año atrás, dejando a todos los países indefensos, vulnerables y desesperados por conseguir un antídoto que pudiera devolvernos a la vida que alguna vez conocimos. La ciencia se puso el traje de superhéroe y en conjunto con instituciones neutrales y justas como las Naciones Unidas, prometió tratarnos a todos por igual. Así comenzó la cruzada por las vacunas, una que debería de haber estado disponible para todos los países, más allá de su condición social o falta de asientos en el Consejo de Seguridad. Sin embargo, la ciencia no existe por sí sola, no es un agente neutral suspendido en el vacío, y el dinero sigue siendo un factor fundamental, lo que nos deja parados en algún punto intermedio entre los valores igualitarios de la ONU y las desigualdades cotidianas del mundo real.

Y en ese camino híbrido de expectativas surrealistas se inició la guerra. Laboratorios de China, Rusia, Estados Unidos, Gran Bretaña y el resto de Europa intentaron conseguir el milagro, justificando así el expeditivo proceso de revisión científica para conseguir lo imposible. Mientras tanto, en el resto del mundo comenzaron a circular campañas de desacreditación científica que nos hicieron dudar de la efectividad de ciertas vacunas, especialmente si provenían de países que alguna vez tuvieron algo que ver con el comunismo. Todo este bagaje de información se tornó parte del discurso público y cotidiano, dejando así de lado los reportes científicos, las evaluaciones y los ensayos; básicamente en el trayecto la ciencia quedó anulada ante la opinión pública que decidió que ciertas vacunas eran mejores que otras.

Al mismo tiempo países como China, India y Rusia encontraron en la pandemia la excusa perfecta para mover pedestales y reposicionarse en el mapa imperial de naciones poderosas, peleando sin tregua para conquistar las mentes y los corazones de los países más pobres, ofreciendo pagos espaciados y hasta dosis gratuitas para todos aquellos que voluntariamente quisieran convertirse en conejillos de indias de la investigación.

Mientras tanto, Estados Unidos, con la ayuda de laboratorios alemanes decidió utilizar un mensajero de ácido ribonucleico (mRNA) para crear una vacuna que podría cambiar el curso de la pandemia sin necesidad de utilizar un virus modificado. Y Rusia se asoció a AstraZeneca para mejorar la eficiencia de la vacuna desarrollada por Oxford, desatando una cascada de infamias que concluyó con la suspensión de la vacuna británica en países de la Unión Europea. La pregunta que surge automáticamente es ¿Son estas vacunas verdaderamente malas? ¿Son Moderna y Pfizer los únicos que pueden terminar con la pandemia? ¿Es real que AstraZeneca aumenta las posibilidades de desarrollar coágulos, o será que la sociedad entre Rusia y Gran Bretaña parece ahogar el curso de las relaciones internacionales? ¿Seguimos en los días dicotómicos de la guerra fría o serán las mega corporaciones las que manejan los hilos de nuestros destinos a cualquier costo?

Todas estas preguntas circulan por mi cabeza cada vez que intento irme a dormir, como si quisiera resolver un rompecabezas imposible, intentando entender por qué América Latina elige vacunas Chinas y Rusas que parecerían no ser bienvenidas en ningún lado.En parte, eligen la Sputnik, Sinova, Sinopharm y AstraZeneca entre otras porque hay dosis disponibles y son más fáciles de pagar, lo que tienta a los gobiernos locales, pero también como una afirmación hacia el imperialismo histórico de la doctrina Monroe -un poco pasado de moda… El problema es que si estas vacunas no son tan eficaces como las que implementa Pfizer y Moderna, entonces el tercer mundo no tiene ni chances contra el COVID.

Y si realmente las vacunas que trabajan con mRNA son nuestra mejor opción ¿Por qué no están disponibles para todos? ¿por qué no todo el mundo tiene acceso? La pandemia entonces revela un problema más absurdo: las vacunas son caras, el tercer mundo no puede adquirirlas y busca opciones diversas para luchar con la enfermedad y sus lineamientos políticos, lo que los lleva a asociarse a naciones poco democráticas y corruptas que terminan imponiendo nuevas agendas en países ya pisoteados. Aún hay que recordar que todos tienen agendas hoy en día, cada nación, cada corporación, cada científico, aún cuando pensemos que en la tierra del capitán América todo es justo y loable.

La pandemia no ha hecho más que resaltar las desigualdades de nuestro mundo, los prejuicios que siguen vigentes, y la lucha por el poder que es hoy más evidente que nunca. Es ridículo que las vacunas que deberían salvar vidas se hayan convertido en una herramienta política, pero no es sorprendente. En la mayoría de las naciones del mundo los habitantes no podrán elegir por qué vacuna optar, sólo podemos esperar que la ciencia haga el trabajo que debe y los gobiernos resistan a sus propias inclinaciones políticas para poner a la gente primero, porque la diferencia entre las dosis no importa si logramos que todo el mundo, ante todo, tenga acceso. (La Semana)

Vaccine Wars and the fight for equality

By Victoria Lis Marino | Neuquén, Argentina

COVID-19 hacked the world a year ago, leaving all the world’s countries defenseless, helpless and in desperate need of an antidote that might bring back the life we once knew.  Science came to our aid, and through supposedly unbiased and binding institutions like the UN it promised a fair trial for all. The quest for a vaccine began, one that would be available to all nations, regardless of their social status or their lack of seats on the Security Council. However, science doesn’t exist in a vacuum, and money is an undeniable factor, which left us somewhere between the UN’s egalitarian ideals and the real inequities that we face every day in the real world.

And so, the vaccine wars began. Labs in China, Russia, the USA, Great Britain and Europe tried to get the miracle done, justifying the expedited process to conquer the impossible. Meanwhile, strong discreditation campaigns started circulating, making us feel that certain vaccines were ineffective or dangerous, especially those that came from former or current communist countries. All this became part of the public discourse, disregarding scientific reports, evaluations, trials and science, just for the sake of winning public opinion, making some vaccines more “trustable” and worthy than others.

At the same time, countries like China, India, and Russia seem to find the pandemic as an excuse to reposition themselves in the world map of top nations fighting relentlessly to conquer the hearts and the minds of poor countries by offering good deals and even free doses for those who want to become guinea pigs for the latest experiments.

Meanwhile, the US with the help of German Laboratories decided to use Messenger RNA (mRNA) to create a vaccine that may change the course of the pandemic, without the need to use modified live virus. And Russia partnered with AstraZeneca to improve the efficiency rate of the Oxford vaccine, launching a cascade of infamy that ended with the banning of the British vaccine in the European Union. But are these vaccines really bad? Are Moderna and Pfizer the only ones capable of delivering good vaccines? Does Astra Zeneca cause clots, or is it the partnership between the British and Russia that chokes international relations? Are we still in the dichotomic days of the old cold war or are we surrounded by mega corporations who want to take a cut whatever the cost?

These questions swim in my head before I go to sleep, trying to solve the vaccine puzzle and understand why Latin America is choosing Chinese and Russian vaccines that seem not to be welcomed elsewhere.  In part they opt for Astra Zeneca, Sputnik, Sinovac, and Sinopharm, among others, because there is availability and affordability that tempts local governments, but also to make a statement against historic imperialism. The problem is that if these vaccines are not as efficacious as the cutting-edge technology implemented by Pfizer and Moderna, then the third world does not stand a chance against COVID.

And if Pfizer and Moderna are our best shot then why aren’t they offering aid to the rest of the world and expressing solidarity with mankind? The pandemic reveals a bigger problem: vaccines are expensive, third world countries can’t afford them, and options need to be found, even when it means getting close to undemocratic and corrupted nations that have their own agendas. Still, every nation and every corporation has an agenda, something to remember even in the land of Captain America.

The pandemic has highlighted the inequalities of our world, the prejudices that still exist and the lust for power that is now more evident than ever. It is unconscionable that life-saving vaccines should be wielded as a tool of world governments, but it is also unsurprising. And in all but a handful of the wealthiest nations, the vast majority of the earth’s inhabitants will have no choice in which vaccine they will receive. We can only hope that science has done its job well enough, and that governments will resist their baser inclinations and put the good of their people first, that the differences between the doses will matter less than getting them into the arms of the world. (La Semana)