La reunificación de familias migrantes empieza a hacerse realidad / The reunification of migrant families begins to become reality

Por David Torres | WASHINGTON, DC

Parecía prácticamente imposible que cientos de familias separadas durante el gobierno anterior se pudieran reunir de nuevo alguna vez. En medio de una cruel retórica antiinmigrante, de una política de “tolerancia cero” en la frontera y, sobre todo, de una Casa Blanca tomada por la xenofobia durante cuatro largos años, la esperanza de que padres y madres migrantes volvieran a ver a sus hijos era casi nula.

La reunificación de Bryan Chávez con su madre Sandra Ortiz esta misma semana en la garita de San Ysidro, California, después de más de tres años separados —desde 2017—, cuando él contaba apenas con 15 años de edad, abre la posibilidad de que los más de 1,000 niños migrantes que aún no han podido ver a sus padres logren abrazarlos de nuevo en alguna fecha próxima. Ello, como resultado de las gestiones del equipo especial creado en febrero pasado por el presente gobierno para ese propósito, pero sobre todo gracias al clamor de la mayoría estadounidense y a la presión de organzaciones pro inmigrantes que lucharon codo con codo durante largo tiempo para conseguirlo.

En efecto, fueron más de 5,500 familias las que resultaron separadas durante el gobierno de Donald Trump como parte de su estrategia de disuasión para que, por medio del temor a una separación inminente, los migrantes dejaran de intentar el arribo a la frontera sur con el fin de ingresar luego a territorio estadounidense.

Obviamente esta fue una de las políticas migratorias más infames y crueles de que se tenga memoria en la historia reciente de Estados Unidos, pensada no para resguardar la seguridad en la frontera, sino para infligir un severo daño físico y sobre todo psicológico a los migrantes, en especial a los menores de edad.

Todavía está por saberse la evaluación en ese terreno y las secuelas que a corto, mediano y largo plazos dejará la separación familiar en los niños migrantes, a los que abruptamente les impidieron la posibilidad de seguir al lado de sus padres en la etapa en que más los necesitaban para su formación.

Es decir, si bien es realmente positivo que se haya encontrado ya la manera de concretar poco a poco la reunificación de las familias afectadas, no debe pasarse por alto que nunca debió ocurrir dicha separación, por sentido común, por humanidad y por principio ético. No en este Estados Unidos que se decía multicultural, multiétnico, defensor de los derechos humanos y de otras conquistas históricas desde la lucha por los derechos civiles del siglo pasado.

Ser humanitario, por supuesto, no es algo que se podía pedir ni esperar de Donald Trump, ni mucho menos de su principal asesor en esta materia, el xenófobo Stephen Miller. No está en su naturaleza.

Por lo pronto, Bryan y su mamá ya están juntos, después de la odisea que los obligó a salir de su natal Michoacán, México, para evitar que él fuese reclutado por las pandillas locales; o bien, que le ocurriera lo que a su padre, quien, según The Washington Post y el grupo Al Otro Lado, fue desaparecido en 2010 y su cadáver encontrado días después con heridas de bala. Otra gente cercana a su familia tuvo el mismo fin. De tal modo que había que huir para salvar la vida.

Sin saberlo, sin embargo, su destino en Estados Unidos estaría marcado por otro tipo de crueldad con la separación familiar de la que aún tendrán que recuperarse al paso de los años. Bryan lo sabe mejor que nadie: ahora con un inglés impecable y trabajando para un grupo de ayuda a refugiados, Immigrant Defenders, se enfila por un camino que jamás imaginó, pero que ahora conoce de primera mano para abogar por los refugiados.

Casos como el de Bryan y el de su madre empezarán a multiplicarse en algún momento. De eso no hay duda. Pero su historia no estará completa si se pasa por alto un hecho tan importante como contundente: dado que los derechos humanos de este grupo de familias migrantes se vieron violentados desde la mismísima Casa Blanca —que presidia Donald Trump y controlaba Stephen Miller en el área de políticas migratorias—, la rendición de cuentas es algo que debería estar en la lista de urgencias, aun cuando dichos personajes ya no estén en el poder.

El crimen de lesa humanidad que cometieron sigue latente en todos y cada uno de los casos de separación familiar, una crueldad que seguramente hará eco en el recuento histórico de esa etapa que parecía eterna. (America’s Voice)

The reunification of migrant families begins to become reality

by David Torres | WASHINGTON, DC

It once seemed practically impossible that hundreds of families separated during the prior administration could be reunited once again. In the midst of cruel, anti-immigrant rhetoric, a “Zero Tolerance” policy at the border and, above all, a White House overrun by xenophobia for four long years, the hope that immigrant fathers and mothers would see their kids once again was almost at zero.

Bryan Chávez’ reunification with his mother, Sandra Ortiz, this very week in San Ysidro, California, after more than three years apart —since 2017— when he was just 15 years old, opens the possibility that the more than 1,000 migrant children who still have not been able to see their parents will be able to embrace them once again, soon. That comes as a result of the work of the special task force created this past February by the current government for this very purpose, and especially thanks to the clamor of a majority of U.S. Americans and the pressure of pro-immigrant organizations who fought side by side for a long time to achieve this.

Indeed, more than 5,500 families were separated during the Donald Trump presidency as part of its deterrence strategy so that, for fear of an imminent separation, migrants would stop trying to arrive at the southern border with the goal of entering U.S. territory.

Obviously this was one of the most infamous and cruel immigration policies that comes to mind in the recent history of the United States, initiated not to enhance border security, but to inflict severe physical and above all, psychological damage on migrants, especially children.

We are yet to know the full extent of the consequences familial separation will have in the short, medium, and long term for migrant children, who were suddenly unable to continue alongside their parents at the time they most needed them in their lives.

That is, while it is really positive that they have already found a way to make family reunification a reality, little by little, it cannot be forgotten that this familial separation, for common sense, humanity, and ethical principles, never should have occurred. Not in this United States that considers itself multicultural and multi-ethnic, a defender of human rights and other historic battles since the civil rights era of the previous century.

To be humanitarian, of course, is nothing that could be asked nor expected of Donald Trump, much less his main advisor on the matter, the xenophobe Stephen Miller. It’s not in their nature.

For now, Bryan and his mother are together, after the odyssey that forced them to leave their birthplace of Michoacán, Mexico to avoid being recruited by local gangs, or meet the same fate as his father who, according to The Washington Post and the group Al Otro Lado, was disappeared in 2010. His body was found days later with gunshot wounds. Other people close to his family met the same end. Therefore, they had to flee to save their lives.

Without knowing it, however, their destiny in the U.S. would be marked by another type of cruelty —the family separation from which they will still have to recover as the years pass. Bryan knows better than anyone: now with impeccable English and working for a refugee assistance organization, Immigrant Defenders, he is himself on a path he never imagined. And now he knows first-hand how to advocate for refugees.

Cases like that of Bryan and his mother will begin to multiply at some point in time. There is no doubt about that. But their story will not be complete if a very important and also overwhelming fact is overlooked: given that the human rights of these migrant families were violated by the very same White House —which Donald Trump presided over and Stephen Miller controlled in the area of immigration policy— accountability is something that must be high on the list, even when such people are no longer in power.

The crime against humanity that remains latent in each and every one of the family separation cases is a cruelty that will surely echo in the historic retelling of this moment that seemed eternal. (America’s Voice)