Diez minutos fuera de este mundo / Ten minutes out of this world

Guillermo Rojas

Por Guillermo Rojas | TULSA, OK

Una úlcera gástrica sangrante me dejó con menos de la mitad del precioso líquido en mi cuerpo. Mi familia preocupada me llevó hasta el Hospital St. Johns para solicitar atención médica de urgencia.

En un ambiente cordial recopilaron mis datos personales y mi historial medico y me dijeron que vuelva a la sala de emergencia. Volví obediente con la promesa de que me atendería pronto. Acompañado de mi mujer y mirando de reojo algunos pacientes que se retorcían de dolor, pasamos dos horas. Me armé de paciencia y después de otra hora pregunté a la recepcionista cuando sería admitido. Por suerte, a la media hora, me llamaron y me pusieron en una Camilla detrás de la sala de emergencia.

Después de los estudios preliminares, el médico de turno me dijo que necesitaba una transfusión de sangre porque mi sistema estaba funcionando con muy poca sangre y me sometí a su veredicto como un condenado a muerte. Me entubaron por todas partes y los gritos de dolor de los otros pacientes en el pabellón me hizo pensar en Dios porque yo no tenía dolencias y me sentí afortunado. Cuando pregunté si me iban a proveer una habitación, la respuesta fue categórica: “no tenemos más habitaciones disponibles en el hospital por la pandemia” dijo el médico.

Me acordé de la tragedia del Covid en nuestros países latinoamericanos que no cuentan con la infraestructura de hospitales como el St. John de Tulsa que alberga más de 900 camas y en menos de 24 horas 400 nuevos pacientes fueron admitidos por diferentes dolencias.

Un Dr. originario de India le ordenó a la enfermera que me suministren dos sets de transfusión de sangre que duró más de cuatro horas. El hábito de observar en este viejo oficio de informar, me hizo recopilar recuerdos de otras circunstancias donde fui recluido en una habitación aislada de un hospital en Bolivia custodiado por colegas periodistas para evitar que los matones de la dictadura me asesinen o me secuestren. Aquí las enfermeras eran amorosas y me hacían preguntas sobre mi nacionalidad y mi profesión. Ellas estaban fascinadas con mis respuestas de cuentos de hadas y un poco de realidad. Pero todos los sistemas de salud tienen muchas cosas en común, pese a las distancias geográficas.

La burocracia es común en todos los hospitales. Y el hospital St. John no escapa a la regla porque cuando preguntaba sobre mi estado de salud, las enfermeras que pasaban por mi cama de tortura respondían lo mismo: “mañana el Dr. de turno le informará al respecto”. Y así transcurrió la noche entre llantos de dolor, policías curiosos que observaban alrededor, enfermeras que repetían la misma pregunta y luces que se apagaron con el alba.

Al día siguiente me dieron una habitación privada y una enfermera amable dijo que me iba a preparar para una intervención quirúrgica y empezaron a succionar mi sangre con sus jeringas para nuevos análisis. Casi diez personas con diferentes rangos desfilaron por mi cama y ampliaron mi ayuno por 48 horas, no podía comer nada y tomar solo un poco de agua. Esa noche traté de dormir y cada hora entraba alguna enfermera o Dr. para preguntarme lo mismo hasta que me quedé dormido y desperté cuando alguien me hablaba en español, tenía un acento centroamericano y me dijo que estaba delirando y que le hablaba a mi mujer en términos cariñosos. Apenas alcancé a percibir su voz y me quedé profundamente dormido.

Al día siguiente, muy temprano me llevaron al degolladero y en el cuarto de cirugía, me recibió el anestesista con un saludo amable y me dijo que me iba a dormir por una hora para cauterizar mi sangrado y arreglar mis dolencias. Cuando desperté era casi medio día y vi la cara de mi mujer sonriente dándome la bienvenida de mi muerte temporal. Volví a la habitación y me hicieron otra transfusión que duró más de dos horas. Con la gota final en el canal que transporta el líquido a mi cuerpo entró la enfermera sonriente y me dijo que el Dr me daba de alta. Me quitó las agujas, todos los cables conectados en una máquina y salté de la cama para vestirme apresuradamente antes de que haya una contra orden. La enfermera antes de irse me dijo que tenía que esperar a que me vengan a buscar con una silla de ruedas para trasportarme a la salida. No hubo necesidad, con la complicidad de mi mujer me puse los pantalones y las botas con las medias que me dio el hospital y salí cantando despacito mi canción favorita que dice: “cuantas veces me mataron, cuantas desaparecí, sin embargo estoy aquí resucitando”… (La Semana)

Ten minutes out of this world

By Guillermo Rojas | TULSA, OK

A bleeding gastric ulcer left me with less than half of the precious fluid in my body. My concerned family took me to St. John Hospital for urgent medical attention. In a cordial environment they collected my personal information and my medical history and told me to go back to the emergency room. I came back obediently with the promise that a doctor would see me soon. Accompanied by my wife and looking askance at some patients writhing in pain, we sat there for two hours. I steeled myself, and after another hour I asked the receptionist when I would be admitted. Luckily, within half an hour, they called me and put me on a stretcher behind the emergency room.

After preliminary studies, the doctor on duty told me that I needed a blood transfusion because my system was running on too little blood, and I submitted to his verdict as if a death row inmate. They intubated me everywhere and the screams of pain from the other patients in the ward made me think of God because I did not have their ailments and I felt lucky. When I asked if they were going to provide me with a room, the answer was categorical:

“We don’t have any more rooms available in the hospital due to the pandemic,” said the doctor.

I was reminded of the Covid tragedy in our Latin American countries that do not have the infrastructure of hospitals such as St. John in Tulsa, which has more than 900 beds and in less than 24 hours 400 new patients were admitted for different ailments.

A doctor originally from India ordered the nurse to give me two rounds of blood transfusion that lasted more than four hours. The habit of observing in this old job of reporting made me collect memories of other circumstances where I was confined in an isolated room of a hospital in Bolivia, guarded by fellow journalists to prevent the thugs of the dictatorship from assassinating me or kidnapping me. Here the nurses were caring, and asked me questions about my nationality and my profession. They were fascinated with my fairy tale responses and a bit of reality. But all health systems have many things in common, despite geographic distances.

Bureaucracy is common in all hospitals. And St. John Hospital does not escape the rule, because when I asked about my state of health, the nurses who passed by my torture bed answered the same thing: “Tomorrow the doctor on duty will inform you about it.” And so the night passed between cries of pain, curious policemen who looked around, nurses who repeated the same questions and lights that went out with the dawn.

The next day they gave me a private room and a friendly nurse said she was going to prepare me for surgery, and they started sucking my blood with their syringes for further tests. Almost ten people with different duties paraded by my bed and extended my fast for 48 hours — I could not eat anything and drink only a little water. That night I tried to sleep, and every hour a nurse or doctor came in to ask me the same thing until I fell asleep. I woke up when someone spoke to me in Spanish, had a Central American accent and told me that I was delirious and although my wife spoke to me in loving terms, I barely heard her voice and fell fast asleep.

The next day, very early, they took me to the slaughterhouse, and in the surgery room the anesthesiologist said hello to me with a friendly greeting and told me that I was going to sleep for an hour to cauterize my bleeding and fix my ailments. When I woke up it was almost noon and I saw the face of my smiling wife welcoming me back from my temporary death. I went back to the room and they gave me another transfusion that lasted over two hours. With the final drop in the channel that transports the blood to my body, the smiling nurse came in and told me that the doctor was releasing me. He removed my needles, all the cables plugged into one machine, and I jumped out of bed to hurriedly dress before there was a counter order. Before leaving, the nurse told me that we had to wait for them to pick me up with a wheelchair to transport me to the exit. There was no need, and with the complicity of my wife I put on the pants and boots with the stockings that the hospital gave me and I went out singing slowly my favorite song that says: “how many times did they kill me, how many times did I disappear, however I am here resurrecting” …(La Semana)