La inmigración también construye democracia / Immigration Also Builds Democracy

Por David Torres | WASHINGTON, DC

Parece mentira, pero ha pasado un año ya del intento de destruir nada menos que la democracia estadounidense. Aquel 6 de enero de 2021 el mundo entero fue testigo de cómo una turba de fanáticos seguidores del expresidente Donald Trump irrumpió en el Capitolio federal en Washington, D.C., con la intención de impedir a toda costa la certificación del triunfo electoral del actual mandatario Joe Biden.

Entre esa plétora de inadaptados a las propias libertades que concede esta democracia, hay quienes se atreven a negar tanto los hechos como los móviles de la violenta y frustrada insurrección, rechazando tajantemente incluso que Trump fuese la mente maestra detrás de ese desaguisado histórico, cuando todo indica exactamente lo contrario. Su responsabilidad —e irresponsabilidad— es tan evidente, que el exmandatario no se podrá zafar ni de la justicia, ni de la condena histórica que le espera. Por que, por otro lado, no se trató de una “gesta revolucionaria” para salvar a los “oprimidos”, como muchas de las revoluciones históricas que han cambiado el mundo, sino un intento por salvaguardar los privilegios de una supremacía blanca que, esa sí, ha sido opresora y discriminatoria desde el nacimiento de esta nación.

Además, ese estado de negación permanente de nada ha servido a sus seguidores, pues —aunque a cuentagotas— algunos de los fanáticos perpetradores, ahora lloriqueando ante la justicia, han empezado a ser juzgados. Y faltan más, como lo prometió el fiscal general Merrick Garland.

Este atentado contra la democracia más funcional del planeta hasta el momento sirve, por otro lado, para ilustrar una dicotomía más que interesante en todos los frentes: por un lado, la democracia que intentan destruir Trump y sus seguidores; y, por otro, la democracia que construyen y consolidan con su trabajo día a día los inmigrantes, incluyendo sobre todo a los indocumentados, aunque estos no puedan votar.

Es seguro que la inmensa mayoría de seguidores de Trump aún concuerde con las políticas antiinmigrantes que su líder puso en práctica durante su gobierno (2016-2020), los cuatro años más difíciles sobre todo para los indocumentados: el racismo, la discriminación y la xenofobia que emanaron durante todo ese tiempo de la Casa Blanca se han convertido en una mancha inextinguible de ese periodo, lo que por otra parte ha revelado que la sociedad estadounidense no ha podido superar esas anomalías, a pesar de la evidente diversidad en que se desarrollan sus habitantes desde hace ya bastantes décadas.

Esta especie de autodestrucción —que tuvo su quintaesencia con el ataque al Capitolio el año pasado—es sintomática de una parte de la sociedad que lo tiene básicamente todo, en comparación con otras sociedades del mundo y en comparación sobre todo con las minorías que conviven aquí, luchando arduamente para ganar un lugar en la nación que llaman hogar y por la que han dejado todo. Y que quede claro: los inmigrantes no han venido a reemplazar a nadie, sino a trabajar, y a trabajar duro para sostener a sus familias, en primera instancia.

En efecto, mientras Trump y sus huestes estuvieron a punto de echar por tierra todo lo que ha logrado Estados Unidos en cuanto a la praxis democrática se refiere, importándoles muy poco la posibilidad de convertir al país en un estado fallido y, por ende, vulnerable ante la rapacidad de un solo hombre y sus ambiciones económicas, los inmigrantes indocumentados continuaron con la mente fija en sus propósitos, tanto para sostener a sus familias, como para sumarse a los esfuerzos de salvar a una sociedad amenazada por una de las pandemias más letales en la historia de la humanidad, como ha sido la de Covid-19 y todas sus variantes.

Este primer aniversario del ataque al Capitolio nos recuerda también que el desarrollo de las sociedades industrializadas que lo tienen todo puede llegar a un nivel de desquiciamiento tal, que en un abrir y cerrar de ojos pueden destruir la democracia que hace tanta falta en otras partes del mundo.

Pero este día nos recuerda asimismo que la inmigración también ayuda a construir la democracia. (America’s Voice)

Los asaltantes del Capitolio rompieron barricadas policiales el 6 de enero de 2021.

Immigration Also Builds Democracy

By David Torres

Washington, DC – It’s hard to believe, but one year has passed since the attempt to destroy nothing less than the U.S. democracy. On January 6, 2021, the entire world witnessed a mob of fanatical followers of ex-President Donald Trump breaking into the federal Capitol Building in Washington, D.C., intent on preventing the certification of the electoral victory of today’s leader, Joe Biden, at all costs.

Among that plethora of traitors to the very freedoms this democracy bestows were those who dared to deny both the facts and motives of this violent and frustrated insurrection, bluntly rejecting that Trump was the mastermind behind this historical mess, when everything else indicated exactly the opposite. His responsibility—or irresponsibility—is so evident that the former leader could neither escape from justice nor the historical condemnation that awaits him. This was not a “revolutionary act” to save the “oppressed,” like many historic revolutions that have changed the world, but an attempt to safeguard the privileges of a white supremacy that, in itself, has been the oppressor and the discriminator since the birth of this nation.

Moreover, this state of permanent denial has not served his followers—not even a little bit—as some of these perpetrating fanatics, now whining in the face of justice, have begun to face trial. With many more to come, as Attorney General Merrick Garland promised.

This attack against the most functional democracy on the planet (to date) serves, on the other hand, to illustrate a most interesting dichotomy on all fronts: on one hand, the democracy that Trump and his followers intend on destroying and, on the other, the democracy that is built and strengthened day after day through the work of immigrants, especially undocumented immigrants, even though they cannot vote.

It’s true that the vast majority of Trump’s followers still agree with the anti-immigrant policies that their leader put into practice during his administration (2016-2020), the four most difficult years, especially for undocumented immigrants. The racism, discrimination, and xenophobia that emanated from the White House during that entire time has become an intractable stain on that era, while also revealing that U.S. society has not been able to overcome those anomalies, despite the evident diversity that has been unfolding among its inhabitants for decades now.

This type of self-destruction—which had its quintessence in the attack on the Capitol last year—is symptomatic of a part of society that has basically everything, compared to other societies around the world and above all in comparison to minorities who live here, fiercely fighting for a place in this nation that they call home and for which they have given everything. Let’s be clear: immigrants have not come to replace anyone, but to work, and principally to work hard to support their families.

Essentially, while Trump and his enablers were at the point of ruining everything that the United States has achieved, as far as the praxis of democracy goes, caring very little about the possibility of turning the country into a failed state and, in that regard, vulnerable to the predation of a single man and his economic ambitions, undocumented immigrants continued with their minds fixed on their goals: to sustain their families as well as contribute to the efforts to save a society threatened by one of the most lethal pandemics in the history of humankind–that of COVID-19 and its variants.

This first anniversary of the attack on the Capitol also reminds us that the development of industrial societies—that have so much—can become so unhinged that, in the blink of an eye, they can destroy the badly-needed democracy in other parts of the world.

But today we also remember that immigration helps build democracy, too. (America’s Voice)