Postales de Buenos Aires / Postcards from Buenos Aires

Por Guillermo Rojas y Victoria Lis Marino

Buenos Aires, Argentina- La Semana estuvo recientemente caminando por las pequeñas callecitas de la Perla del Plata, la hermosísima ciudad de buenos Aires, esa que supo alguna vez ser la Paris del continente americano y que hoy aloja a una población de argentinos descontentos que aún con trabajo y pan bajo el brazo, miran el ayer con nostalgia.

Entre estas postales que recopilamos de la ciudad tuvimos la suerte de encontrarnos con varios emprendedores, personas que al igual que usted y yo en casa abrieron sus negocios de forma independiente buscando un futuro promisorio, sólo que, en la Argentina, ese futuro parece lejano y demasiado gris.

La primera parada obligada de un turista en la urbe es a la calle Murillo, donde se compran las mejores prendas de cuero. Y allí conocimos a Alan Petri, dueño de una de las tiendas más famosas de la ciudad. Petri es un verdadero porteño, de esos que junto a su diseñador y vendedores, ama lo que hace porque siente que hace la diferencia. “Acá ofrecemos los mejores productos del mundo”, afirma con confianza. “Nosotros por $120 vendemos una campera de cuero real, mejor que la de Gucci, porque todo lo que se vende lo confeccionamos artesanalmente.  Hay que resaltar que el cuero argentino es famoso porque en otro país para comprar cuero suave hay que gastar en oveja, nosotros tenemos un cuerpo de vaca brilloso y suave y que no se rompe”, resaltó como si vendiera una exquisitez. Es que los argentinos son así, únicos, y con talentos especiales. 

Mientras Alan nos presenta su producto narra las anécdotas más jugosas, como el día en el que toda la banda Kiss ingresó a su negocio y se llevó un montón de camperas. Alan y su gente confeccionaron chaquetas a políticos, a la cantante Thalia y hasta la mismísima chilindrina, pero esos tiempos han quedado atrás , y cada vez son menos los famosos que desfilan por la calle Murillo, callejuela que hoy es un cuarto de lo que supo ser; en parte por la decadencia Argentina, en parte por los cambios de tendencia mundial.

“La cuestión ecológica no ayuda a la industria del cuero, y los chinos desarrollaron la industria del cuero ecológico, pero hay que decirlo no dura más de un año, se rompe, y no tienen alegro”, dijo Petri sin vueltas, a conciencia de que el trabajo artesanal no puede competir con los bajos costos del mundo industrial. Sin embargo sigue, con la sonrisa incólume, consciente de que los tiempos difíciles llegaron para quedarse.

Ese sueño añorado, ese terruño al que se ama pero que es como un campo cada vez más reticente a producir buenas cosechas es el sentimiento que se materializa en cada Rincón de la ciudad, y sólo meternos en un restaurante bastó para confirmarlo.

Nos dirigimos al histórico barrio de Boedo, donde el tango suena sin parar, y cenamos en Romanos, un pequeño restaurante familiar donde también nos contaron lo que significa vivir en Argentina.

El pequeño bistró está atendido directamente por sus dueños, Daisy González y su esposo Cesar Romano; ella peruana, él de la provincia de Tucumán, una de las más pobres del país, famosa por la firma del documento de la independencia Argentina allá por 1816. La multiculturalidad para ellos fue un hecho, léxicos distintos, comidas diferentes, costumbres opuestas, pero este curioso país fusiona razas, hábitos y hasta religiones sin que eso suponga un conflicto.

Como bien les gustaría decir a los porteños este es un matrimonio de “laburadores”, personas que de sol a sol buscan ganarse la vida en pos de una única meta: “Lograr que sus hijos estudien, sean profesionales y tengan más oportunidades”. Es que este país también ofrecía el gran sueño americano, sólo que hoy, es un sueño nublado por las circunstancias.

“Abrimos primero una rotisería, nos fue bien y decidimos jugarnos con el restaurante, justo cuando arrancó la pandemia”, comentó Daisy mirando a su alrededor con ansiedad, como si le faltase algo. Hoy los Romano, están contemplando irse del país para darles a sus hijos una mejor calidad de vida. “Acá esta muy difícil, hay mucha inseguridad, si fuera por mi no me iría nunca, pero es un país muy injusto, hay demasiada corrupción”, afirma Cesar. Es que este hombre recorrió su camino desde los cañaverales de Tucumán, donde trabajaba cuando niño, hasta ser dueño de un restaurante y sabe que hoy eso es imposible.  “Me vine a Buenos Aires buscando un futuro mejor, y lo logré, pero hoy, no se puede más”, dijo con nostalgia. “Uno luchó hasta acá, pero no se puede en este país, es hermoso, pero está muy corrupto,” agregó Daisy.

Mi Buenos Aires querido, cuando yo te vuelva a ver, no habrá mas penas, ni olvidos, cantaba Gardel a principios de siglo, y aún se lo escucha allí en el inconsciente de una ciudad que late, con millones de almas que se parten por dentro por no poder realizarse como deben. El sueño argentino está extinto, y en nuestras postales seguiremos mostrando lo que alguna vez fue y lo que muchos aún, intentan que sea. (La Semana)

Postcards from Buenos Aires

By Guillermo Rojas and Victoria Lis Marino

Buenos Aires, Argentina – La Semana was recently walking through the little streets of the Pearl of del Plata, the beautiful city of Buenos Aires, that once was called the Paris of the Americas, and today gives shelter to gloomy Argentineans who, even with jobs and food on the table, look to yesterday with nostalgia.

While moving around the city, we witnessed snapshots of ordinary life and spoke with several entrepreneurs, people just like you and me who have tried to open their own businesses hoping for a better future, only in Argentina that future is ominous and in the shadows.

When visiting Buenos Aires, a must stop is at Murillo Street, famous for its leather jackets and outfits. There we met Alan Petri, the owner of a renowned leather clothing store.

Alan is truly a “porteño,” one that loves what he does and believes he makes a difference.

“Here we offer the best products in the world,” he said confidently. “For only $120 dollars we can make a full leather jacket, better than Gucci, because is made by our own hands. Argentine leather is famous because in other countries the only soft leather you find is sheep leather, but here our cows are soft and shiny and their leather does not break.”

While Alan presents his merchandise, he also tells us the best anecdotes, like the day the band Kiss set foot in his store and bought almost every single jacket they could find. He and his people have made jackets for politicians, the famous singer Thalia, and even the famous character “La Chilindrina,” but those days are long gone and fewer and fewer celebrities visit Murillo street, a mark of Argentinean decline.

“The ecology issue doesn’t help leather — the Chinese developed the ecological leather and killed us, still it is plastic and doesn’t last for more than a year, it breaks and can’t be fixed,” added Petri, aware of the high cost behind handmade work.  Still he goes on, with the same smile, conscious that rough times may be here to stay.

In our journey we can sense the feeling that Argentina is a loved country, but it’s just like a field no longer able to provide decent harvests, and going out to dinner confirmed the hunch. 

We went to the historical district of Boedo, where tango can be heard on every corner, and dined at Romanos, a family-owned restaurant where we discussed what it’s like to live in Argentina.

The little bistro is owned by Daisy González and her husband Cesar Romano; she is Peruvian, he comes from Tucuman, a small and poor province in the heart of the country famous for the signature of the independence document back in 1816. For this couple multiculturality is a fact.  With different expressions, behaviors, and eating habits they made it through, partly because Argentina still is a great melting pot, one that fuses races, ethnicities, and religions without conflict.

They are a hard-working couple who work diligently from dawn till dusk trying to get their children educated, so that they can have a better life. Sounds like the American dream, doesn’t it? The truth is, Argentina had its own dreams, but now they are clouded by political circumstances.

“We opened a food delivery store some years ago, and decided to jump into the restaurant business, but the pandemic started,” said Daisy, looking around as if something was missing. Today the Romanos are planning on leaving the country to ensure a better future for their children.

“Life here is hard, insecurity is everywhere. If it was up to me, I would never leave, but the situation is unfair, and corruption ubiquitous,” said Cesar. This man came from the sugar cane plantations in Tucuman, where he worked as a young boy to put food onto the table, and then moved to Buenos Aires where he became owner of this business, but today that path seems impossible.

“I made it in Buenos Aires, but I can make it no more,” he recognized.

“We have struggled so much, it is a beautiful country, but it’s all rotten,” said Daisy.

“My darling Buenos Aires, when I see you again there will be no sorrow or oblivion,” sang Gardel back in the day. Today as we walk around the city we can still hear him in the unconscious drone of a metropolis that beats lightly, with millions of souls heartbroken by the impossibility of being who they want to. The Argentinean dream may be over, but in our postcards, we will keep on showing what once was and, in some cases, still is. (La Semana)