Del Salvador a Estados Unidos, sacrificio sin escalas / From El Salvador to America, a life of constant sacrifice

Por Guillermo Rojas y Victoria Lis Marino | Tulsa,OK

Hace casi cuatro décadas que Jorge Meléndez abandonó su Salvador natal para iniciar una vida nueva en Estados Unidos, donde maneja una empresa de remodelación de casas. No deseaba dejar su terruño, pero la violencia de las maras lo obligó a lanzarse a lo desconocido. “Allí estudié y me recibí de bachiller agrícola. Luego me puse una flota de buses que manejaba diariamente, pero lo perdí todo, ahorros y más por dejar que otros se metieran en mi negocio”, mencionó con melancolía sin querer recordar.

Por aquellos tiempos mudarse al Norte era una idea tentadora. “Había dólares y todo el mundo los quería. Pero nadie me había confesado el tipo de vida que uno venía a vivir. Lo rápido que era el ritmo. Aquí te agota la renta. Hay posibilidades, sí, pero hay que conseguirlas”, dijo, admitiendo que en su país alcanzaba con trabajar todos los días para pagar la renta y ser feliz con un plato de frijoles por la noche.

Su historia de autosuperación comenzó en Los Ángeles, como obrero en una fábrica de rings de auto. Ganaba $2.35 la hora, lo que alcanzaba para comer y dormir. Se movió a Tulsa con una mano atrás y otra adelante y aprendió el oficio de la construcción. Tras trabajar con diversos patrones, se juró que para mantener a su familia y garantizarles nuevas posibilidades lo mejor era ser su propio patrón. Y lo consiguió con ayuda del boca en boca. “A veces no se puede vivir con un cheque de 500 dólares por semana, para que una familia viva bien se necesitan al menos $1000, porque aquí en cada tienda se gastan $300 y listo, se va el dinero, siempre falta”, aclaró.

Desde que se independizó su vida es más ligera, como si hubiese aprendido a ponerle un freno a un estilo de vida que aun conociendo desde hace rato, todavía no le gusta. “Ahora me levanto a la hora que yo quiero, vuelvo a la que quiero, tengo más obligaciones, claro, pero ya no pienso que me van a correr si no llego a horario”, reconoció.

Jorge es un hombre feliz, padre de cuatro hijos profesionales, marido de una mujer que ama y abuelo de una posible estrella de futbol, y su sonrisa  esconde un secreto esencial, la clave de la felicidad:  “Nunca jamás hablar mal de nadie, ni desearle el mal, ni hacerle el mal”. Para Jorge “la gente no vale por lo que es sino por lo que es su comportamiento, respetar lo ajeno nos hace valer más siempre”, admitió con sabiduría.

A Jorge no le gusta el calor insoportable de Tulsa, ríe asegurando que los rayos de sol aniquilan gente. No obstante, en esta ciudad logró dejar el pasado atrás, formar a sus hijos y encontrar la manera de alivianar el capitalismo extremo.  

A décadas de su llegada Jorge siente que aprendió a caerse y levantarse con la ayuda de dios. “Con fe se puede hacer lo que se quiera”, admitió.

Por eso, a quienes están comenzando en el camino del éxito Jorge les recomienda: “Estudien, y quédense en la escuela, porque es el único lugar donde se aprende a vivir. Así como te amarras los zapatos vas a la escuela y aprendes el oficio”, ordenó, intentando ahorrarle a los más jóvenes el sacrificio que implica aprender a vivir en América. (La Semana)

Jorge Meléndez

From El Salvador to America, a life of constant sacrifice  

By Guillermo Rojas | TULSA, OK

Four decades ago, a younger version of Jorge Melendez decided to abandon his home town in El Salvador to start a new life in the United States, where today he is a well-known Hispanic builder specializing in tiles and home renovations.

Menendez didn’t want to leave home, but the violence of Las Maras forced him into self-imposed exile.

“I studied in my country, and with a lot of grueling I gained a high school degree specialized in agriculture. Then I bought some buses and became a bus driver, invested everything I had, but lost everything. It was my worst mistake letting others take care of my things,” he mentioned, without wanting to remember.

In those days moving up north was trendy.

“There were plenty of dollars in America and everyone wanted them, but no one told me what type of life was lived here. The speed of things, the endless rent. There are possibilities, of course, but the struggle to get them is tough,” he said, admitting that in his country, working a decent number of hours let him pay rent comfortably and happily eating a bowl of beans every night, made him whole.

His story of success started in Los Angeles, where he worked as operator in a factory making car rings. He made $2.35 an hour, slept and eat. Years later he moved with his sister to Tulsa and learned everything there was to know about the construction business. More time passed, and after learning from different people and employers, Menendez realized that the only way of offering his family a decent quality of life in America was to become his own boss. And he made it happen with the help of God and good trusting people.

“Sometimes you cannot live with a weekly check of $500. A family like mine required at least $1000, because here, you go to whatever store and end up spending $300, money comes and money goes and is always lacking,” he said.

Since he opened his own business, his life feels lighter, like if he had learned to put a stop to a life that he dislikes, even if it has let him achieve much. “Now I get up whenever I want, I have more obligations, but I am not thinking they will sack me if I don’t make it on time,” he acknowledged.

Menendez is a happy man, the father of four, a loving husband and grandfather of a promising soccer player. His smile hides a secret, the key to happiness: “Never speak ill of anyone, wish them bad or harm others.”

According to Menendez, “People are worth what you see in their behavior. Respecting others and what is theirs makes us better, always,” he stressed.

Menendez hates Tulsa’s summers, the extreme heat that he believes burns people away. Still, it was in this city that he prospered, raised his children and learned the way to achieve success through capitalism.  

Decades after his arrival in America, Menendez feels he has learned to fall, stumble and rise on his two feet with the help of God. “With faith you can do the imposible,” he said.

To all those starting in life, early birds in flight, Menendez advises only one thing: “Study, go to school, because it is the only place in which they teach you how to live. Just like you tie your shoes every day, you go to school and learn,” he advised, trying to spare the young minds the sacrifices he made, to learn how to live in America. (La Semana)