El daño de Trump sigue en marcha / The Damage From Trump Continues

Por Maribel Hastings y David Torres | WASHINGTON, DC

Como si se tratara de una de esas películas de terror de bajo presupuesto, donde creemos haber llegado al final pero se siguen suscitando situaciones absurdas, algo así sentimos tras la intervención del FBI en la residencia del expresidente Donald Trump en Mar-a-Lago. Este operativo para recuperar cajas con documentos clasificados que, por alguna razón, Trump seguía teniendo en su poder, dio un giro sorprendente al saberse que podría tratarse de documentos sobre secretos nucleares.

No es de extrañar en realidad una situación así en la vida y en el entorno de un personaje que, aun en su etapa empresarial, actuaba como si el escándalo fuera parte de su estilo, edulcorado por ese glamour que también rodea siempre la mala filmografía sobre el tema de la mafia y sus alcances.

La comparación con la película de bajo presupuesto se da en el contexto de que pensábamos que Trump seguiría haciendo ruido, sí, pero no que una acción del gobierno federal lo colocaría una vez más en el centro del debate político. Y esto, con toda la atención que él siempre persigue y con una plataforma para continuar desestabilizando desde su trinchera el proceso político y de paso la seguridad.

De hecho, el personaje que él se ha creado de sí mismo, aprovechando la deificación que se hace y perpetúa en este país sobre el mundo del hampa, tiene un potente eco dañino como el que producen los personajes cuya maldad tiene la firme intención de “dominar al mundo”, seguido de una sonora carcajada de espanto tras un penúltimo coletazo.

Peor todavía, se pensaba que como era de anticiparse tratándose de Trump, él explotara el acontecimiento para su beneficio a través de la recaudación de fondos e incitara a la violencia a la que ya nos tienen acostumbrados sus seguidores con sus declaraciones de que es un pobre “perseguido político”.

De hecho, hace unos días un individuo trató de irrumpir en las oficinas del FBI en Cincinnati, Ohio, con un rifle de asalto y comenzó a disparar con una pistola de clavos. El incidente terminó con el hombre muerto. Resultó ser un veterano de la Marina seguidor de Trump, quien, según diversos reportes, participó en los disturbios del 6 de enero de 2021 en el Capitolio federal, y quien tras el registro de la residencia de Trump, dijo en Truth Social —la plataforma social fundada por Trump— que quería matar agentes del FBI.

Así, tanto el FBI como el Departamento de Seguridad Nacional (DHS) han sonado la alarma sobre las crecientes amenazas de violencia contra sus agentes y sus instalaciones, contra otros funcionarios e incluso la publicación en plataformas sociales de direcciones residenciales, nombres de los agentes que participaron en el operativo y de sus familiares.

Lamentablemente ya nada de esto nos sorprende, porque esa violencia de los seguidores de Trump que se promueve en plataformas sociales se ha normalizado, al grado de que para el Partido Republicano no es motivo de preocupación. Su inamovilidad ante esta perturbadora forma de acabar con su propio país es solo equiparable a la igualmente siniestra manera de promover su antiinmigrante retórica de odio y racismo, que se ha convertido ya en una marca registrada republicana imposible de evitar.

Es más, llama la atención cómo han reaccionado los líderes republicanos del Congreso y nacionales al registro de la residencia de Trump. Estos “paladines” de la “ley y el orden” han sido los primeros en cuestionar las acciones del FBI y del Departamento de Justicia, algunos incluso tildando el operativo de “abusivo” y “excesivo” y otros diciendo que se “sembró” evidencia, sin prueba alguna. Nada importa que Trump tenga en su casa información clasificada y que pueda tratarse de secretos nucleares, o que incluso en el proceso Trump haya violado la Ley de Espionaje.

Pero a esa conducta vergonzosa nos tienen acostumbrados los republicanos, a quienes no importa lo que haga Trump —así sea como ahora la potencial violación de las leyes de espionaje y utilizando lenguaje que puede incitar a la violencia—, pues ellos siguen empeñando la moral y la decencia para defender a una figura corrupta que aun después de abandonar la presidencia sigue haciendo mucho, mucho daño.

Former President Donald Trump

The Damage From Trump Continues

by Maribel Hastings and David Torres | Washington, DC

You know those low-budget horror films, where you think you’ve reached the end and then absurd situations continue to pop up? That’s how we feel after the FBI raid into former President Donald Trump’s residence in Mar-A-Lago. This operation to recover boxes of classified papers that, for some reason, Trump continued to have in his control, took a surprising turn when we learned that documents with nuclear secrets could be involved.

But in reality, nothing like this is surprising in the life and times of a personality who, even during his businessman stage, acted like scandal was just part of his style, sweetened by the type of glamour seen in mafia movies.

The comparison to low-budget films comes because, while we certainly thought Trump would continue to make noise, we didn’t expect that an action by the federal government would put him at the center of the political debate once again.  And this, with all the attention that he always seeks and with a platform to continue destabilizing the political process, and even security, from his trench.

In fact, the character that he has created for himself, taking advantage of the deification of the underworld that is made and perpetuated in this country, has a potent and damaging echo, like the ones produced by characters whose evilness has the firm intention of “world domination,” followed by a loud, cackling laugh and a flick of the tail.

Worse still, as was anticipated from Trump, he exploited the event for his own benefit through fundraising and inciting violence, which we have already been accustomed to seeing from his followers, with his declarations that he is a “politically persecuted,” poor thing.

In fact, some days ago an individual tried to enter the FBI office in Cincinnati, Ohio with an assault rifle, and began to fire a nail gun. The incident ended with the man dead. He turned out to be a Navy veteran follower of Trump who, according to various reports, participated in the riots on January 6, 2021 at the federal Capitol and who, after the search of Trump’s residence, said on Truth Social—the social media platform founded by Trump—that he wanted to kill FBI agents.

The FBI and Department of Homeland Security (DHS) have sounded the alarm about the recent threats of violence against their agents and outposts, other officials, and even the publication of residential addresses and the names of the agents who participated in the operation—and their family members—on social media platforms.

Unfortunately, none of this is at all surprising, because the violence from Trump supporters that is promoted on social media has been normalized, to the extent that the Republican Party doesn’t even worry about it. Their inaction in the face of this angry way of ending their own country is only comparable to the equally sinister way that their promotion of anti-immigrant rhetoric of hate and racism has become a Republican trademark, impossible to avoid.

What’s more, it pays to look at how Republican leaders in Congress and nationally have reacted to the raid of Trump’s residence. Those “paragons” of “law and order” have been the first to question the actions of the FBI and Department of Justice, some even calling the operation “abusive” and “excessive,” and others saying that they “planted” evidence, without any proof. It doesn’t matter that Trump had classified information in his home, which could even include nuclear secrets, or that in the process Trump had violated the Espionage Act.

But the Republicans who do not care what Trump does—whether it’s the potential violation of the laws of espionage and using language that could incite violence—have us accustomed to this shameful conduct, since they continue compromising morality and decency to defend a corrupt figure who, even after leaving the presidency, continues to do a ton of damage.