Encrucijada ante una reforma migratoria poco clara / Murky immigration reform, at a crossroads

Por Maribel Hastings and David Torres | WASHINGTON, DC

La propuesta de conceder únicamente permisos de trabajo y protección de la deportación a entre 7 y 8 millones de indocumentados surge como la más reciente alternativa que los demócratas intentarán incluir en la conciliación presupuestaria del Senado, ante el rechazo de la asesora legal de ese organismo, a medidas que concedan una vía a la ciudadanía.

Este nuevo respiro migratorio, sin embargo, alienta medianamente expectativas porque solo se inscribe otra vez en el ámbito de lo probable, pero no de lo ampliamente definitivo.

En efecto, el llamado “Plan C” ampararía de la deportación y concedería permisos de trabajo a quienes hayan ingresado a Estados Unidos antes del 1 de enero de 2011. Se trataría de un permiso de cinco años renovable por otros cinco años a quienes cumplan con los requisitos.

Aun así, hay varias interrogantes. Una de ellas es si el Plan C pasará el cedazo de la Parlamentaria del Senado, quien ha rechazado dos propuestas previas por conceder una vía a la ciudadanía. La tercera es la vencida, se dice, pero la especulación ante el rechazo previo contra los indocumentados por parte de una sola persona en una democracia no da margen a muchas ilusiones.

De ahí que la otra interrogante es qué harán los demócratas si el Plan C también es rechazado por la Parlamentaria. ¿Dejarán morir el asunto tomando como excusa lo que diga dicha asesora legal del Senado? ¿Intentarán impulsar alguna legislación independiente, aunque sus posibilidades de aprobación sean mínimas, considerando la oposición republicana en bloque y los temores de demócratas en escaños vulnerables en las elecciones de 2022?

¿O decidirá el presidente Joe Biden seguir la ruta de Barack Obama para proveer algún tipo de protección mediante orden ejecutiva? En este último caso —y ya se ha visto en los últimos años con los Dreamers—, la situación ha sido también una moneda en el aire, pues si bien se protegió temporalmente a dichos jóvenes, ahora mismo se encuentran en ese mismo limbo migratorio por el que nadie desearía pasar, sobre todo después de haber crecido con la idea de que este es su país. Y lo es, por derecho propio.

Porque la realidad es que la paciencia de los inmigrantes sin documentos y de quienes los apoyan ya llegó a su límite. Este 6 de noviembre se cumplen 35 años de la promulgación por el republicano Ronald Reagan de la amnistía de 1986, que legalizó a unos 3 millones de personas. Y eso, en la simbología política, dice mucho; pero al parecer no ha significado lo suficiente para los demócratas, a quienes se exige ahora mismo que cumplan sus promesas no solo con los inmigrantes que dicen defender, sino con la historia que también, por supuesto, hablará de ellos si no logran hacer todo lo que está en sus manos ahora que tienen el poder.

A los inmigrantes siempre se les pide seguir esperando y a quienes los apoyan siempre se les pide seguir votando por los demócratas, porque “ahora sí se va a poder”. Porque si madura como pinta y no se logra ni el permiso de trabajo, los demócratas volverían a desempolvar su cansado libreto de que “tratamos pero no se pudo, y será para la próxima”. Con lo que no cuentan en esta ocasión, tal vez, es que no solo los inmigrantes, sino los votantes, tienen ahora una perspectiva más clara de la “cosa política” y del uso y abuso de la promesa para lograr el poder.

Lo cual nos lleva a otra interrogante: ¿Y qué tal si la Parlamentaria dice sí y el llamado Plan C avanza?

Es de anticiparse que comiencen las recriminaciones de que se estaría creando una especie de ciudadanía de segunda clase de personas sin derecho a naturalizarse y posteriormente votar. Habrá quienes asuman la postura de todo o nada y decidan que, sin ruta a la ciudadanía, hay que rechazar la protección temporal.  Y los demócratas achacarán a las divisiones internas del movimiento pro reforma el potencial fracaso de la iniciativa.

Con Donald Trump amenazando con postularse en 2024 para la presidencia, más les vale a los demócratas cumplir de una vez sus promesas. O bien, ¿cuál será su pretexto esta vez?

Murky immigration reform, at a crossroads

By Maribel Hastings and David Torres | WASHINGTON, DC

The proposal to grant only work permits and protection from deportation to some seven to eight million undocumented immigrants is the most recent alternative that the Democrats are trying to include in the Senate’s budget reconciliation, after the rejection of measures that contain a path to citizenship by the body’s own pParliamentarian.

This new hope for immigration, however, encourages moderate expectations, as it only falls within the realm of the probable, not the definitive.

Essentially, the so-called “Plan C” would stop deportations and grant work permits to people who entered the United States before January 1, 2011. It would be valid for five years and renewable for another five years, for those who comply with the requirements.

Still, several questions remain. One of them is whether Plan C will pass muster with the Senate Parliamentarian, who has rejected two previous proposals authorizing a path to citizenship. The third time’s the charm, they say, but given the prior rejection of undocumented immigrants by this one person in a democracy, we don’t hold out too much hope.

From there, the next question is what the Democrats will do if Plan C is also rejected by the Parliamentarian. Will they let the issue die, using the ruling by the Senate’s legal advisor as their excuse? Will they try to advance stand-alone legislation, even if its chances for approval may be low, considering the Republican opposition en bloc and the fears of Democrats in vulnerable seats in the runup to the 2022 elections?

Or will President Joe Biden follow the path of Barack Obama and advance some type of protection through an executive order? In this last case—and has been seen in recent years with the Dreamers—the situation has also been a tossup. While it temporarily protected these young people, right now they find themselves in the same immigration limbo that no one would want to go through, especially after having grown up with the idea that this is their country. And it is, by rights.

The reality is that the patience of undocumented immigrants and those who support them has already run out. This November 6 will mark thirty-five years since Republican Ronald Reagan signed the 1986 amnesty, which legalized some three million people. And that, as a political symbol, says a lot. But it seems it has not meant enough for the Democrats, who are now being begged to follow through on their promises, not only with immigrants they claim to defend, but because history will also, of course, talk about them if they don’t achieve all that is possible while they have power.

Immigrants are always asked to continue waiting, and those who support them are always asked to keep voting for Democrats, because “then we can do it.” But if things turn out the way they are looking, and not even a work permit is won, the Democrats will once again dust off the same old refrain: “we tried but we couldn’t do it, we’ll do it next time.” What they don’t understand this time, perhaps, is that not only immigrants, but also voters, have a much clearer perspective about politics and the use and abuse of promises to achieve power.

Which brings us to another question: what if the Parliamentarian says yes and the so-called Plan C advances?

It’s to be anticipated that the recriminations will begin: that this would be creating a sort of second class citizenry of people without the right to naturalize and then vote. There will be some who take the position of all or nothing and decide that, without a path to citizenship, temporary protection must be rejected. And the Democrats will blame internal divisions in the pro-reform movement for the plan’s potential failure.

With Donald Trump threatening to run for president in 2024, Democrats have all the more reason to keep their promises. If not, what will be the excuse this time?